Extracto de «Bhagavad Gita» (Capítulo II: El Camino de la Sabiduría)

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El sabio no se lamenta ni por los vivos ni por los muertos. Pues nunca ha habido un tiempo en el que tú no existieras, ni tampoco dejarás de existir en el futuro. Así como el alma habita un cuerpo y luego pasa a otro, así también el alma no muere cuando el cuerpo perece.

El que considera que el alma mata o que puede ser muerta, no tiene verdadero conocimiento. El alma no nace ni muere jamás. No ha surgido de nada ni se convierte en nada. Es eterna, inmutable, infinita. Como quien deja atrás una vestidura usada para tomar una nueva, así el alma abandona un cuerpo y toma otro.

Las armas no pueden cortarla, el fuego no puede quemarla, el agua no puede mojarla, el viento no puede secarla. Es imperecedera, eterna, inmutable y está más allá del tiempo.

Por lo tanto, oh guerrero, cumple con tu deber sin apego. El que actúa sin esperar recompensa, con la mente firme y centrada en lo eterno, se libera del sufrimiento. La sabiduría no está en evitar la acción, sino en actuar sin ser esclavo de los resultados.

Aquel que ha alcanzado la ecuanimidad no se exalta en la victoria ni se hunde en la derrota. No se aferra al placer ni teme el dolor. Se mantiene inquebrantable ante el éxito y el fracaso, porque ha comprendido que la vida es un flujo constante y que el verdadero ser está más allá de estas fluctuaciones.

Así, establece tu mente en la serenidad, y vive con desapego. No te dejes atrapar por el fruto de tus actos, sino entrégate completamente a cada acción, sin temor, sin ansiedad. Pues en ese estado, encontrarás la paz suprema.

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